viernes, 18 de mayo de 2012

LAMENTACIONES. INTRODUCCIÓN.


Año 586. Ha sucedido lo imposible: las promesas de Dios, que han alimentado la piedad y la esperanza de generaciones de israelitas, han fallado en su momento. Porque el templo no sólo era inviolable, sino que de él irradiaba segura protección para la ciudad (Sal 46,6-7;Sal 48,4-9; Sal 76,2-4). Hasta el enemigo creía inexpugnable la ciudad (4,12).

Esto lo rezaban los israelitas, y además recordaban la liberación de la ciudad en tiempo de Ezequías y Senaquerib. Jerusalén con su templo no podía caer en manos enemigas. Contra semejante convicción se alzó Jeremías, y hubo de sufrir la cárcel. Ahora los hechos han dado la razón a Jeremías, han desmentido esperanzas y convicciones. ¿Se ha acabado todo y no queda más que llorar?, o ¿hay que comprender a través del llanto? Hora de llorar, hora de pensar.

El poeta llora y piensa: ¿no habrá intervenido una fuerza superior al ejército imperial? ¿No será que Dios ha abandonado la ciudad o se ha vuelto contra ella? Sabemos que el Señor no se ha desentendido, luego algo muy grave ha provocado su intervención. ¿Qué es? ¿Algo irremediable, de modo que la desgracia sea definitiva?, ¿o algo removible, para que cambie la situación? En el segundo caso, ¿quién tiene que cambiar: el enemigo, el pueblo, Dios?

Ante todo, no vale rebelarse contra el enemigo. Tampoco hay que pensar en rehacerse poco a poco para tomar el desquite. Hay que aguantar con resignación y hombría (3,29 30). Entonces, ¿habrá que importunar al Señor con plegarias para que cambie pronto su actitud? Tampoco. Hay que orar, dejándole a él el plazo: (3,26). Lo que debe cambiar radicalmente es el pueblo: debe descubrir su pecado, arrepentirse, enmendarse (1,14.18; 3,42).

Han pecado los falsos profetas (2,14), profetas y sacerdotes (4-13), la ciudad, personificando todo el pueblo (1,8.14; 4,6), un grupo anónimo (3,34), «nosotros» (3,42; 5,16). El pecado no ha sido puramente rebeldía contra Dios; son también, según la tradición profética, esas injusticias en las que ya estaba actuando la crueldad y el odio humanos (3,34-36; 4,13).   

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